martes, 31 de enero de 2023

CRISTO, NUESTRA VIDA

 


Cuando Cristo, que es vuestra vida, aparezca, entonces también vosotros apareceréis con Él en la gloria.  Colosenses 3:4

 

Sé que muchos que han hecho una entrega absoluta se han sentido como yo me he sentido: ¡Oh Dios, qué poco lo entendemos! Y han orado: "Señor Dios, tu mismo debes tomar posesión de verdad si queremos saber lo que realmente significa". Se ha dicho que creemos que, por medio de nuestra fe, Dios acepta nuestra entrega, aunque la experiencia y el poder de esa entrega absoluta no lleguen de inmediato, y que debemos mantener firme nuestra fe en Dios hasta que la experiencia y el poder lleguen.

Pero permítanme añadir ahora lo que sólo se ha mencionado antes: Si esta entrega absoluta ha de mantenerse y vivirse, debe ser haciendo que Cristo entre en nuestra vida con un nuevo poder. Este es el pensamiento que deseo abordar ahora. Sólo en Cristo podemos acercarnos a Dios, y sólo en Cristo puede Dios acercarse a nosotros. Cristo es nuestra vida. A menudo suplicamos a Dios que obre poderosamente en la Iglesia y en el mundo, con el poder del Espíritu Santo para la santificación de su pueblo y la conversión de los pecadores. Lo que necesitamos es que lo que pedimos a Dios que haga en los demás lo haga también en nosotros. Necesitamos permitir que Cristo tome entera posesión de nosotros, y entonces Cristo podrá obrar a través de nosotros por encima de lo que pedimos o pensamos.

Para ilustrar esta gran verdad de "Cristo nuestra vida", quiero utilizar cuatro pensamientos muy sencillos. Si queremos entender esas palabras, consideremos, primero, a Cristo nuestro ejemplo; segundo, a Cristo nuestra propiciación; tercero, a Cristo nuestro Salvador del pecado; y finalmente, a Cristo nuestra fortaleza y nuestra vida.

Oh Señor, danos tu gracia para que estas palabras humanas no nos cubran con ningún manto, sino con el manto de tu Espíritu. Señor Dios, despierta en nuestros corazones la conciencia de que todos somos hijos de tu familia, postrados a tus pies. Despierta en cada corazón una fe profunda en que nuestro Dios, por el Espíritu Santo, nos va a revelar a Cristo ya ahora. Padre nuestro, en ti esperamos. Nuestra alma espera y nuestra esperanza está en tu Palabra.

Si Cristo ha de ser nuestra vida, debemos mirar primero a Cristo como nuestro ejemplo. Cuando hablo de Cristo como mi vida, no debe ser como algo vago e indefinido. La vida se traduce siempre en conducta y acción; si Cristo entra en mí como mi vida, no debe estar escondido en mi corazón, sino ser una presencia que se revela en cada acción y en cada momento de mi existencia. Si quiero saber cómo será, cuáles serán mis actitudes, palabras, acciones y hábitos si tengo la vida de Cristo, debo estudiar la vida del Señor Jesús cuando estuvo en la tierra.

Al estudiar la vida y el caminar del Hijo amado de Dios, debo recordar que una de las razones por las que Dios envió a Jesús a vivir en la tierra fue para que yo pudiera tener una imagen, una revelación, una representación de lo que Dios quería que yo fuera y estaba dispuesto a hacer de mí. Esta es la luz a la que debemos estudiar la vida de Cristo en los Evangelios; no la única luz, pero quizá la más importante.

Lo que encuentro al mirar a Cristo es la entrega absoluta a Dios. Esa fue la raíz misma de Su vida. Vino como un hombre a quien Dios había enviado al mundo, y como un hombre cuyo único propósito era cumplir la voluntad de Dios. Vino como un hombre que no tenía nada en sí mismo, sino que cada día dependía de Dios y esperaba que Dios le enseñara, pronunciara palabras a través de él y le mostrara las obras que tenía que hacer.

"El Hijo no puede hacer nada por sí mismo". Vivió una vida de entrega absoluta a Dios, a la voluntad de Dios, al honor de Dios y al reino de Dios -vivió y murió por ellos-, no lo hizo sólo en determinados momentos, desentendiéndose de la responsabilidad en otros momentos para buscar relajarse en algo del mundo y olvidarse de mantener la comunión con Dios, como hacen muchos creyentes hoy en día. El camino cristiano lo ven  a menudo como una carga o un deber, y es un alivio relajarse un poco y liberarse de la tensión. Pero Dios Padre era el gozo de Cristo y la fuente de aguas vivas para él; era su deleite y su fuerza vivir en Dios y para Dios. La voluntad de Dios era su alimento, su refrigerio y su fuerza.

Y Dios se acerca a todos los que le preguntamos: "Dios, me he entregado a ti absolutamente, y tú sabes que, aunque se hizo con debilidad y temblor, se hizo con honradez y rectitud; pero, Dios, ¿qué significa esto? ¿Cómo viviré esta vida?" El Padre señala al Hijo amado y dice: "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia". Escúchale, síguele, vive como él, deja que Cristo sea la ley de tu vida.

             "Este es mi Hijo amado, en quien tengo complacencia". Escúchale, síguele, vive como él.

Entreguemos nuestros corazones a Dios en oración para que Él pueda escudriñar y revelarnos si la vida de Cristo ha sido realmente la ley que hemos tomado como guía de  nuestra vida. No estoy hablando de logros, sino de si realmente hemos dicho: "¡Qué bendición sería! ¡Esto es lo que deseo y espero de Dios! Pero, ¿qué quiso decir Cristo cuando dijo: "Como yo os he amado, amaos también los unos a los otros; como yo he guardado los mandamientos de mi Padre, así también vosotros, si guardáis sus mandamientos, permaneceréis en mi amor"? ¿Qué quiere decir el Espíritu Santo cuando dice: "Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús,… el cual estando en la condición de hombre se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte"? La mente de Cristo debe ser mi mente, mi disposición y mi vida.

Muchas personas desean la vida eterna, pero no quieren vivir aquí en la tierra la vida que vivió Cristo. Hay muchos creyentes que han dicho: "No hay posibilidad de imitar o seguir a Cristo con algún grado de perfección." Su meta no es acercarse a Cristo. Pero si honestamente has entregado de manera absoluta tu corazón a Dios, debes admitir, que la vida de Cristo debe llegar a ser tuya.

En segundo lugar, si queremos saber qué significa "Cristo nuestra vida", no sólo debemos mirar a Cristo y su obra como nuestro ejemplo, sino a Cristo por nosotros como nuestra propiciación. Durante Su vida en la tierra, Cristo preparó el camino por el que hemos de andar. Nos dejó un ejemplo para que siguiéramos sus pasos; nos marcó el camino por el que debíamos transitar hacia la vida eterna. Pero eso no bastó, porque el pecado y la muerte nos cerraron el camino y la vida. Por eso Cristo, después de haber preparado y trazado el camino bendito, sufrió la agonía y la muerte del Calvario, sometiendo su voluntad a Dios hasta el final. Allí llevó nuestros pecados y nuestros dolores, cargando sobre sí el precio de nuestra paz, para que por su llaga fuésemos curados. Entregó su preciosa sangre como "sangre del pacto o la alianza eterna", para que con ella pudiera entrar por nosotros en la misma presencia de Dios. Ahora Cristo está a la diestra de Dios como nuestro Sumo Sacerdote, aplicando en nuestros corazones, como Salvador viviente, el poder divino de esa propiciación.

Siempre que pensamos en acercarnos a Dios, en servirle y en ofrecernos a Él, tenemos presente este pensamiento: ¿Puedo yo, en mi estado pecaminoso, con todas mis transgresiones y defectos desde mi conversión, tener realmente comunión con Dios cada día? La respuesta es: Hemos sido acercados a Dios por la sangre de Jesús. "Teniendo... denuedo por la sangre de Jesús, acerquémonos".

¿Alguno de ustedes ha sentido miedo de hacer una entrega absoluta porque se sentía demasiado indigno? Pensad en esto: Tu valía no está en ti mismo ni en la intensidad o rectitud de tu consagración; tu valía está en Cristo Jesús. Leemos en la Palabra de Dios que es "el altar el que santifica la ofrenda", y sabemos que Cristo no es sólo el Sacerdote y "el Cordero que fue inmolado", sino que el propio Cristo vivo es el altar. Siete días debía ser santificado el altar por una aspersión de sangre siete veces; después de eso dijo Dios, “Ese altar será un altar santísimo: todo lo que toque el altar será santo". Y el Nuevo Testamento enseña: "El altar santifica el don". Cristo es nuestro altar. Si alguien pregunta: "¿Puede Dios aceptarme en mi debilidad?". Ven, y no temas. Poneos sobre Cristo, el altar vivo, la propiciación eterna, el único que puede haceros aceptables a Dios en todo momento, y descansad allí. Descansa sobre Él en total reposo y fe. Por indigno que yo sea, el altar santifica el don; en Jesús, descansando en Él, Dios acepta mi fragilidad y yo soy agradable a sus ojos. Procura mantener esta verdad, no sólo como una doctrina para el consuelo y la salvación de los inconversos, declarando el perdón pleno e inmediato, sino procura mantenerla como el poder de acceso continuo a Dios. "Si andamos en la luz como Él está en la luz, la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado". Es en Cristo que la puerta al corazón de mi Padre está abierta en todo momento, es a través de la sangre del bendito Cordero de Dios que la afluencia de la vida divina está disponible para tu corazón y el mío.

Tercero, no sólo tengo a Cristo delante de mí como mi ejemplo y a Cristo para mí como mi propiciación, sino que tengo a Cristo conmigo como mi Salvador del pecado, mi amigo, mi líder y mi guía. Sí, esa fue la preciosa promesa de nuestro bondadoso Señor antes de partir: "Y yo estaré con vosotros todos los días". Antes había dicho, cuando los discípulos aún no le entendían: "Donde están dos o tres reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos."

Lo que tú y yo tenemos que comprender es que Jesucristo está más cerca de nosotros que nuestro amigo terrenal más íntimo. Si tan sólo nos tomáramos el tiempo de apartar nuestros ojos y nuestros corazones de este mundo, incluso de los rostros de la familia y de los amigos que nos rodean, de las alegrías que nos atraen y nos distraen, y los fijáramos firmemente en el rostro de Jesús, Él se manifestaría a nuestros corazones y nos llenaríamos de la conciencia de que está con nosotros. Sabéis cuán profunda es la conciencia de un padre, cada mañana al levantarse, de que tiene hijos queridos que se despiertan ansiosos de ser saludados, abrazados y amados. Es tan natural; todo el corazón está tan lleno de ello que no necesita pensar en ello conscientemente. ¿Es posible que Cristo pueda hacer que su presencia sea tan cercana, tan clara y tan querida para mí como la comunión de mis seres más queridos en la tierra? Cristo puede hacerlo y anhela hacerlo y es digno de que le permitamos hacerlo. Oh Dios, ¿cuándo llegará el momento en que tu Hijo esté más cerca de nosotros que el padre o la madre, la esposa o el esposo, el hijo o el hermano? ¡Que llegue esa hora bendita!

Jesucristo quiere vivir y caminar contigo para poder hacer esta bendita obra en ti. Quiere estar contigo como tu compañero para que nunca estés solo. No hay prueba ni dificultad por la que tengas que pasar sin que se cumpla la promesa de Jehová: "Yo estaré contigo". No hay batalla que tengas que librar con el pecado o la tentación, ni debilidad que te haga temblar ante la conciencia de lo que eres en ti mismo, sino que es posible tener a Cristo a tu lado en todo momento. Jesucristo es tu guía, para mostrarte el camino por el que debes andar; es tu compañero, para consolarte con su presencia y alegrar tu corazón; es tu Salvador del pecado, que con su poderoso poder vela por ti y obra en ti toda la complacencia de Dios. Oh, que Dios nos muestre que la vida de entrega absoluta es una vida que se puede vivir en Cristo Jesús, una vida que se puede vivir porque Cristo mismo cuidará de nosotros y velará por nosotros.

Y un pensamiento final: Cristo en nosotros es nuestra vida y nuestra fortaleza. Ésta es la corona de todo. Los nuevos creyentes suelen entender muy poco de esto. Muchos han tenido alguna experiencia de Cristo con ellos como guía y ayudante, pero no han llegado a darse cuenta de lo que significa Cristo en mí como mi vida y mi fortaleza. Y, sin embargo, eso es lo que el apóstol Pablo nos dice que es el gran misterio del Evangelio, el misterio que estuvo oculto durante generaciones pero que ahora ha sido revelado, el misterio del pueblo de Dios, del que dice: "las riquezas de la gloria de este misterio, que es Cristo en vosotros." Creyentes, en esto se os manifiestan las riquezas y la gloria de nuestro Dios: Dios quiere que tengáis a Cristo, su Hijo, viviendo en vosotros. Que vengamos, pues, no pidiendo una pequeña bendición o un comienzo de bendiciones, sino que toda nuestra vida se abra al poder morador, controlador y santificador de Jesucristo.

Quisiera dirigirme a los trabajadores cristianos. Nuestra gran reflexión ha sido sobre el trabajo. Pero, ¿qué hace falta para que Dios bendiga a sus obreros? ¿Cómo puede venir y actuar el poder de Dios? Amados, Cristo es el poder de Dios, y necesitamos más de Cristo, necesitamos a Cristo completo, necesitamos a Cristo revelado en nosotros por el Espíritu Santo, entonces el poder de Dios obrará.

Nos referimos a una iglesia tan llena del Espíritu santo que Él pudiera decir a esa iglesia: "Apartadme los hombres que he llamado para mi obra". Hablamos de obreros como personas que están listas y dispuestas a ser apartadas para el Espíritu santo. ¿Cómo puede cada iglesia ser llevada a esta condición? Sólo de una manera. Juan el Bautista predicó a Cristo que bautizaría "con el Espíritu Santo y con fuego". Eso me dice que Jesucristo es aquel de quien el Espíritu santo debe venir en medida siempre nueva y más grande; si se quiere que el poder del Espíritu de Dios se revele en la iglesia y por medio de ella, debe venir de un apego más estrecho a Cristo, de una unión más estrecha con él, de una revelación más grande de Cristo morando en los creyentes. Entonces debe venir una bendición. ¿No dijo Jesús: "El que cree en mí, de él correrán ríos de agua viva"? ¿Y no es esto por la fe, por creer que Cristo viene y mora en el corazón y se convierte en la fuente de la que mana el Espíritu Santo? ¿Qué leemos en el último capítulo del Apocalipsis de Juan? "Y me mostró un río de agua pura de vida, cristalina como el cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero". Sí, cuando el Cordero se sentó en el trono de gloria, brotó el río de agua de vida. Es el Cordero quien debe conducirnos a las fuentes de agua viva y darlas dentro de nuestros corazones, para que tengamos poder para obrar entre los hombres, no el poder de la razón, no el poder del amor humano, del celo, de la seriedad y de la diligencia, sino el poder que viene de Dios.

¿Estás preparado para recibir este poder? ¿Estás dispuesto a entregarte absolutamente a Dios y recibirlo? ¿Puedes decir realmente: "Señor, me entrego totalmente a ti. Lo hago con debilidad y temblor, pero lo hago. He recibido una pequeña parte de lo que sé que puedes darme, pero como un vaso vacío, purificado y humillado, me pongo de nuevo a tus pies, día a día y momento a momento, y te espero"... Y, creyente, lo que ningún ojo ha visto y ningún oído ha oído, lo que los hombres nunca han podido concebir, lo que tú no has concebido, Dios lo hará por aquellos que lo esperan, por aquellos que lo aman.

La vida eclesial nos beneficiará muy poco a menos que nos lleve cerca de Dios, a tener mayores expectativas de Dios y una comunión más estrecha con Dios. ¿Cómo puede ser eso? Cristo Jesús puede hacerlo por nosotros. Cristo es nuestra vida. Él vivirá en nosotros la misma vida que vivió en la tierra ¿No esperaremos que lo haga en la plenitud de su promesa? ¿No vendremos con cada pecado, cada obstáculo, cada falta, todo lo que hace que nos condenemos a nosotros mismo, y lo echaremos todo a sus pies, creyendo que la sangre limpia y Jesús da liberación? Creer, esperar y aceptar que Dios revelará a Cristo dentro de nosotros en el poder del Espíritu Santo. Que Dios se lo conceda a cada creyente. (Contribuido)

 

                    "Señor, me entrego totalmente a ti. Lo hago con debilidad y temblor, pero lo hago"


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